jueves, 13 de diciembre de 2012

Ex -Votos de la memoria.

No hay nada que aterre más al ser humano que el dolor que provoca la herida abierta del sin-sentido, ese eterno debate entre la incertidumbre de la vida y la certidumbre de muerte que no encuentra una ecuánime respuesta. El temor o el miedo, por tanto, se gestan como una reacción natural inevitable ante lo desconocido, ante una compleja e intangible “realidad” que escapa a las limitaciones del entendimiento racional, ante un no-saber que gobierna el inefable destino lleno de ilusiones, contradicciones, deseos, fantasmas misterios.
El ser humano, perdido en el abismo del miedo que el caos implica, se lanza a una dramática búsqueda que de sentido a su finita existencia. Una angustiosa búsqueda de conocimiento que desencadena un proceso de configuración del yo, de su identidad personal y del origen de su propia historia en un espacio representacional que reclama la donación del propio yo, el rescate de un sujeto que naufraga en las profundidades de una conciencia sin memoria.
Ante la incapacidad de aunar pasado, presente y futuro en una vida llena de interrogantes… ¿que valor tiene la existencia? ¿Qué posibilidades de reconciliación caben con mundo tegido por unas leyes espacio-temporales que nos son ajenas? ¿Cómo se puede sobrevivir a la sombra del miedo si el solo hecho de forjar una identidad entraña una existencia escindida en un estado psicológico de temor, angustia y sufrimiento incomunicables? ¿Cómo seguir adelante cuando se tiene que vivir entre la violencia germinada en los conflictos familiares, cuando se tiene que afrontar una enfermedad grave, un accidente, o superar la muerte de un ser querido?
El miedo a vivir este tipo de tragedias, antojadas castigos, abre paso a la realidad del trauma que genera una crisis en la biografía del sujeto. Es en estos momentos cuando el individuo duda de todo y siente que su vida es invadida por un doloroso sufrimiento al que no encuentra razón de ser. Es entonces cuando se siente impotente, frustrado, perdido...., cuando su existencia se torna insoportable y su habitar en el mundo queda subyugado al desconcierto del recuerdo que no encuentra consuelo en el duelo.
 Tal vez la necesidad de una protección o cura a esos malestares que experimenta el ser fue el detonante que dio origen a la religión, la ciencia, la psicología, la medicina y la tecnología. Pero nada parece hacer soportable el sufrimiento que deja el sinsentido de la pérdida. Ni siquiera la esperanza y la fe ciega que las religiones proclaman convencen al ser de aceptar lo inaceptable. De nada sirven los actos sacrificiales para expiar las culpas de las flaquezas humanas si todo parece inútil en su sentido. No hay nada que pueda consolar al ser afligido que no entiende la razón de los acontecimientos que amenazan la integridad el ser, ni mucho menos que milagrosamente haga que este deje de sufrir, pero tal vez exista la posibilidad de mitigar el efecto turbador del sufrimiento. Tal vez el dolor pueda ser usado como materia prima para arrojar una nueva luz que le defienda del miedo, o tal vez el miedo sea esa luz capaz de modelar la angustia bajo la estética de una catarsis cuya desolada soledad mete el dedo en la yaga del trauma. Tal vez la donación del objeto votivo sea el recuerdo capaz de suicidar el miedo a la ardua necesidad del sujeto de volver a la cordura del olvido.
El ex-voto, en este sentido, parece ser la única respuesta que algunas personas encuentran ante la evidente imposibilidad de lidiar con aquello que temen. Aunque dicho término significa literalmente: “compromiso por el voto o promesa hecha”, no puede ser limitado a ser definido como una contraprestación material y perdurable que el creyente, como ser necesitado, oferente o peticionario, ofrece a la divinidad de la que ha recibido o pretende recibir un “favor”. El exvoto no es una simple ofrenda u oración, ni un ritual o sacrificio para suplicar o agradecer la intervención de un poder sobrenatural. La donación de ese objeto, sagrado y sacrificial, va más allá del mero “arte de dar gracias”, pues lo que realmente oculta y revela es la carga psicológica que apela a la necesidad de todo ser humano de expresar lo inentendible, de mediar con sus sufrimientos... Esa necesidad de creer que toda herida puede ser suturada mediante un proceso simbólico capaz de hacer público lo privado, de entretejer la identidad que se tambalea entre dudas con los hilos del recuerdo que se conjugan en una ecuación plástica cuyo valor reside en la memoria del testimonio que hace oír el silencioso grito de auxilio del doliente.